Dime quién soy | El peligro del infodumping

Dime quién soy | El peligro del infodumping

HACE UN PAR de semanas terminé de leer Dime quién soy, de Julia Navarro. Sobre este libro hay opiniones de todos los colores, aunque parece que la predominante es que es una gran obra (¿lo pillas? Por las 1097 páginas) y que ofrece un retrato bastante completo de la historia europea (y hasta un cachito de la americana) del siglo XX.

Mi valoración personal de la novela (que, por supuesto, no deja de ser totalmente subjetiva) se ve muy influenciada por el hecho de que me caía gorda la protagonista, de la que después de tantas aventuras y tantas desgracias solo sabemos que era guapa, y el resto de personajes eran poco más que un corps de ballet insulso y descafeinado que estaba allí solo para bailarle el agua. La verdad es que compré el libro porque en la contraportada se hacía hincapié en que la historia trataba «desde los años de la Segunda República española hasta la caída del Muro de Berlín», pero, claro, como me veía en la página 926 y todavía no habíamos llegado a la parte que me interesaba (que era la de la Guerra Fría, claro está)…

Y, bueno, si a esto le añadimos que me repateó terriblemente un momento en el que aparecen una familia de alemanes almorzando a las tres de la tarde (cosa que hoy en día es harto improbable, cuanto más en los años 60; te lo dice una que cuando vivía allí hizo cola a las 11 de la mañana por un plato de espaguetis), y que tampoco llegó a convencerme en ningún momento el narrador elegido, puedes imaginarte que no está, precisamente, entre mis libros favoritos.

Pero todo lo que acabo de decir podría pasarlo por alto… si no fuera por el infodumping.

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Documentación extrema (10) | De periódicos viejos

DOCUMENTACIÓN (3)

COMO HACE UN PAR DE SEMANAS me puse a reorganizar las notas al pie de página de uno de mis manuscritos para convertirlas en un glosario, me dio por incluir una a propósito de que se mencionaba en el texto a la Pan Am. Y, de verdad, te prometo que solamente quería comprobar una fecha, pero me lié y terminé prácticamente estudiándome la historia de la aerolínea americana.

De periódicos viejos

De alguna manera llegué a esta noticia, publicada en el semanario Flight International del 26 de septiembre al 2 de octubre de 1990 (es decir, la semana previa a la Reunificación Alemana): se titula El Este es el Oeste ¿y el Oeste…? y trata sobre el impacto de la Reunificación sobre los aeropuertos y el sector de las aerolíneas. Desde el final de la Segunda Guerra Mundial, ninguna aerolínea alemana (la nacional de la RFA o Alemania Occidental era Lufthansa) tenía permitido volar desde o hasta Berlín: los vuelos domésticos de la RFA, es decir, entre el resto de Alemania Occidental y Berlín Oeste, eran cubiertos por la americana Pan Am (que quebró en 1991). El artículo habla un poco sobre esto pero, mayormente, sobre las consecuencias de la caída del Muro de Berlín en asuntos como el espacio aéreo, y sobre la capacidad real de los aeropuertos berlineses para acoger al gran número de pasajeros previsto a partir de los cambios que se avecinaban.

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La ironía dramática o cómo manipular al lector

La ironía dramática o cómo manipular al lector

EL OTRO DÍA estaba leyendo sobre (¡sorpresa!) técnicas de escritura y análisis literarios y me encontré con este término: ironía dramática. Y como me pareció que sonaba bien (prueba a decirlo: ironía dramática), me puse a buscar de qué iba el asunto y descubrí un par de cosas muy interesantes.

Para empezar, que todos los resultados de Google sobre ironía dramática van sobre obras de teatro escritas hace varios siglos (hola, Shakespeare) o milenios, incluso (véase Edipo Rey). Y esto me ha sorprendido bastante, porque desde que sé cómo se llama se ha convertido en mi nuevo recurso literario favorito.

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Un glosario en Microsoft Word | Las herramientas del escritor (6)

Las herramientas del (1)

¡HOLA! Hacía mucho tiempo que no enredaba con el Word (tampoco me había hecho falta), pero hace unos días me puse a preparar mi novela sobre la Guerra Fría para dejarla presentable y poder mandarla a algún sitio… ¡y resulta que me hacía falta un glosario!

Allá por mayo del año pasado te hablé ya de la ingente cantidad de notas al pie de página que tenía en mi manuscrito (que, por supuesto, ha crecido desde entonces). De hecho, tenía dos categorías de notas: las que eran simplemente la traducción de términos extranjeros, principalmente, del alemán (notas al pie), y las que eran anotaciones culturales o históricas, sobre personajes que existieron realmente o cosas por el estilo (notas al final del documento), como esta de la foto sobre el  Mischkaffee:

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Cómo aprendí a escribir niños

Cómo aprendí a escribir niños

NUNCA HE ESCRITO para niños y, de hecho, me parece una de las cosas más difíciles que puede intentar un escritor: creo que me volvería loca intentando adaptar la trama, el vocabulario y, en realidad, toda la historia para un público al que, desgraciadamente, no termino de comprender. El tipo de historias que me gusta leer y escribir no son precisamente infantiles (qué le vamos a hacer, me encantan los dramas y las tragedias y los argumentos complicados y tristes), así que de momento no es algo que me vea intentando. Eso sí, admiro profundamente a los escritores de libros infantiles. Muy, muy profundamente.

Pero lo que sí que he hecho (o más bien me he forzado a hacer) ha sido escribir (crear) personajes que son niños. Es algo que estuve evitando durante mucho tiempo: ya en mi primera patata (esa que escribí con doce años y que por alguna razón sigo mencionando de vez en cuando) me dije que no me interesaba escribir sobre personajes de mi edad y planté a mi protagonista en la universidad (y en Nueva York), sin tener obviamente ni idea ni de cómo manejar  ni una cosa ni la otra. Un consejo bastante extendido en el mundo de la escritura es que escribas sobre lo que sabes, pero a mí me parecía más seguro meterme en camisas de once varas que escribir sobre niños. Y, desde entonces, esa aparente fobia que tengo se ha ido incrementando.

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Por qué prefiero Pinterest a Evernote

Por qué prefiero Pinterest a Evernote

ANTES DE QUE TE lleves las manos a la cabeza y empieces a lanzarme tomates y artículos varios defendiendo las ventajas de Evernote con respecto a cualquier otro invento anterior de la historia de la humanidad, tengo que decirte que he hecho mis deberes y he leído sobre ello (y, lo que es más importante, lo he probado). También querría añadir que por supuesto todo esto que voy a decir aquí está basado en mi experiencia y en la adaptabilidad de cada aplicación a mis necesidades personales como escritora.

Para ponerte en contexto, resulta que yo soy una friki de la documentación. Pero una friki de verdad, porque si ya con doce años (para mi primera patata) me preocupaban cosas como que los menús de los restaurantes a los que iban mis personajes tuvieran platos que existieran de verdad, mi nivel de locura con esto ha crecido con los años y ahora no soy capaz de escribir dos páginas sin pararme a buscar datos o fotos o si había lecheros en Berlín en 1961. Y la cosa es que hoy en día la mayor parte de la documentación se hace por internet (aunque también hay que recurrir a fuentes más tradicionales), y al final el resultado de todo esto es que necesitas un modo eficiente de organizar toda esa información.

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Tres formas creativas de desatascar tu novela

3 formas creativas de desatascar tu novela

LOS PROFES DE INGLÉS (entre los que a veces se me olvida incluirme) tienen una expresión para definir ese estadio del aprendizaje en el que te encuentras cuando sabes lo suficiente de un tema (ya sea de inglés o de cualquier otro idioma o habilidad) como para ser consciente de que lo mucho que te queda por aprender y en el que parece que te atascas: llega un punto en el que tienes un conocimiento medio y te cuesta mucho más avanzar que al principio y empiezas a buscar causas y culpables y puede que termines tirando la toalla. Es lo que suele conocerse como intermediate plateau, y está íntimamente relacionado con el famoso Síndrome del Impostor del que nos habla Isaac Belmar en este artículo y que también menciona Gabriella Campbell en este otro.

Puede que no estés demasiado interesado en sacarte un B2 en inglés, pero el intermediate plateau es algo que también afecta a tu vida como escritor, sobre todo cuando te embarcas en un proyecto ambicioso: ¿no te ha pasado nunca que, después de llevar meses trabajando en la misma novela, pese a escribir una cantidad decente de palabras al día, te parece que te has atascado a la mitad del segundo acto y que nunca va a llegar ese momento climático que fue la única razón por la que empezaste a escribir tal tocho? ¿No te ha dejado el NaNo un mal sabor de boca porque, pese a haber completado el reto de las 50k palabras (por cierto, si lo has hecho ¡enhorabuena! Yo me conformo con haber superado las 20k), no estás ni siquiera cerca de terminar esa novela que llevas años planeando y que parece que nunca acabarás?

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Cuando tu novela te pide un conflicto

Cuando tu novela te pide un conflicto

MUCHAS VECES utilizo las historias que leo y/o escribo para lidiar con mis problemas. De hecho, cuando estoy muy estresada y la ansiedad me puede, suelo ponerme una peli de llorar, porque me tranquiliza pensar que esos personajes que han vivido tal o cual tragedia lo han pasado bastante peor que yo con mis preocupaciones nimias (que suelen ser problemas típicos de primer mundo, además). Es un mal de muchos, consuelo de tontos pobremente disimulado, pero a mí me sirve para relajarme y ver las cosas con perspectiva. Por eso prefiero las historias dramáticas a las comedias (aunque alguna de vez en cuando no viene mal) y tiendo a huir de los romances demasiado pastelosos.

Hay muchos elementos clave en una historia: los personajes, la trama, la estructura, la prosa y un largo etcétera de cosas que tienes que tener en cuenta mientras escribes. Las historias memorables son aquellas que consiguen aunarlo todo, y además de manera que parezca que el autor no ha tenido ninguna dificultad para hacerlo. Normalmente, cuando tienes una idea para una historia lo que se te ocurre es una de esas partes: «me encantaría tener un protagonista marciano/con síndrome de estrés postraumático/esquimal», «¿cómo sería ambientar una novela en una cárcel/un circuito de rallies/una casa encantada?», «quiero que en mi novela policíaca el lector sepa quién es el asesino desde el principio». A mí personalmente me encanta cuando mezclas todas estas ideas aleatorias y tu historia se convierte en «cómo el asesino esquimal lucha por convertirse en campeón del mundo mientras intenta escapar del agudo olfato del detective X», porque creo que necesitas desarrollar adecuadamente todos esos elementos para que el lector termine totalmente satisfecho. Por eso me preocupo mucho por documentarme para dejar el menor número de fisuras posible en mi ambientación, aunque también me gusta darle muchas vueltas a las motivaciones de cada personaje y a su pasado para entender cómo actúan de la manera en la que lo hacen. Y, también (aunque esto me gusta menos, tengo que admitirlo), dedico bastante tiempo a preparar una trama lo suficientemente interesante como para dejar que mis personajes la desarrollen.

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Documentación extrema (7) | De tropas de frontera

Esa nube tiene forma de oveja

UNA COSA QUE NUNCA ME HE PREOCUPADO por entender del todo son los rangos dentro de un ejército. Es decir, sé que un general se supone que es más que un soldado raso, pero poco más. De hecho, me gustaría saber cómo funciona todo eso de las charreteras y las insignias y los ascensos (y ya puestos, estaría genial saber de armas y estilos de lucha y, sobre todo, de maniobras y formaciones de ataque y defensa. Pero el ajedrez y el risk se me dan fatal, así que me conformo con leer los artículos de Ana Katzen sobre peleas y en dejar lagunas importantes en lo que escribo).

Pero, bueno, como soy una friki de la documentación y en mi novela ambientada en la Guerra Fría resulta que aparecen unos cuantos soldados me he animado a investigar sobre ello para no meter la pata en cuestiones del ejército.

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Cómo separar el grano de la paja en tu novela

Cómo separar el grano de la paja en tu novela

CUANDO ESTABA ESCRIBIENDO el primer borrador de la novela que estoy en proceso de corregir ahora mismo (para la que me puse a buscar como loca si había lecheros en Berlín en 1961), tuve varios baches de escritura. No es la primera vez que me atasco, ni será la última, pero sí que ha sido especialmente duro para mí terminar esta novela, entre otras cosas porque he tardado más de lo que suelo en acabarla (también porque es más larga que las que he escrito antes) y porque la empecé antes de tiempo: sabía cómo quería que fuera el final pero no tenía claros puntos muy importantes de la estructura (como quién quería que fuera mi narrador) ni del tono que quería darle, así que no sabía cómo iba a llegar a ese final.

Normalmente, suelo planificar las cosas con mucho más cuidado y me hago una escaleta o lista de escenas, o por lo menos de lo que quiero que pase en cada capítulo. Pero esta vez me lancé a la piscina demasiado rápido, con cosas como «1971, Heike» como TODA indicación de lo que iba a ocurrir en el capítulo 3 (un capítulo que debía tener cerca de 15.000 palabras y que, claramente, iba a necesitar algo más que monólogos internos del personaje cuyo punto de vista quería explotar para funcionar).

Además, como me marqué a mí misma un objetivo diario de 700 palabras que me decidí a cumplir, la consecuencia clara de todo esto es que había días que me sentaba ante el Word sin saber qué se suponía que tenía que hacer con mis personajes. Así que ahora, corrigiendo, me toca leer (y eliminar o, al menos resumir), párrafos y párrafos de descripción de cómo mi Heike se prepara un café, se lo toma, mira el reloj de pared de la cocina, se levanta y lava los cacharros, limpia la encimera, se mira al espejo del pasillo, va al cuarto de baño, decide que es buen momento para fregar el suelo, etc. Es decir: paja. Relleno que escribí para cumplir con las 700 palabras diarias mientras encontraba la manera de hacer que Heike se decidiera a salir de casa y a ir a hablar con Fulanito de tal, que era lo que me interesaba que pasara.

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