El pudding de manzana de «Siempre hemos vivido en el castillo»

EL POSTRE LITERARIO de este mes es muy especial. ¿Por qué? Porque lo he hecho con muy buena compañía. Sí, señores, por primera vez en la historia, Dory y yo hemos hecho un postre literario juntas. Y no solo eso, sino que hemos contado también con la ayuda de nuestra querida Ail, de la que creo que no he hablado nunca aquí (¡deshonra sobre mí!), pero tenéis que saber que fue quien grabó el vídeo del pudding llameante de Harry Potter. Con semejantes pinches, nada podía salir mal. ¡Y lo cierto es que el postre nos quedó delicioso!

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Documentación extrema (10) | De periódicos viejos

DOCUMENTACIÓN (3)

COMO HACE UN PAR DE SEMANAS me puse a reorganizar las notas al pie de página de uno de mis manuscritos para convertirlas en un glosario, me dio por incluir una a propósito de que se mencionaba en el texto a la Pan Am. Y, de verdad, te prometo que solamente quería comprobar una fecha, pero me lié y terminé prácticamente estudiándome la historia de la aerolínea americana.

De periódicos viejos

De alguna manera llegué a esta noticia, publicada en el semanario Flight International del 26 de septiembre al 2 de octubre de 1990 (es decir, la semana previa a la Reunificación Alemana): se titula El Este es el Oeste ¿y el Oeste…? y trata sobre el impacto de la Reunificación sobre los aeropuertos y el sector de las aerolíneas. Desde el final de la Segunda Guerra Mundial, ninguna aerolínea alemana (la nacional de la RFA o Alemania Occidental era Lufthansa) tenía permitido volar desde o hasta Berlín: los vuelos domésticos de la RFA, es decir, entre el resto de Alemania Occidental y Berlín Oeste, eran cubiertos por la americana Pan Am (que quebró en 1991). El artículo habla un poco sobre esto pero, mayormente, sobre las consecuencias de la caída del Muro de Berlín en asuntos como el espacio aéreo, y sobre la capacidad real de los aeropuertos berlineses para acoger al gran número de pasajeros previsto a partir de los cambios que se avecinaban.

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La ironía dramática o cómo manipular al lector

La ironía dramática o cómo manipular al lector

EL OTRO DÍA estaba leyendo sobre (¡sorpresa!) técnicas de escritura y análisis literarios y me encontré con este término: ironía dramática. Y como me pareció que sonaba bien (prueba a decirlo: ironía dramática), me puse a buscar de qué iba el asunto y descubrí un par de cosas muy interesantes.

Para empezar, que todos los resultados de Google sobre ironía dramática van sobre obras de teatro escritas hace varios siglos (hola, Shakespeare) o milenios, incluso (véase Edipo Rey). Y esto me ha sorprendido bastante, porque desde que sé cómo se llama se ha convertido en mi nuevo recurso literario favorito.

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Insertar un glosario en Microsoft Word

Insertar un glosario en Microsoft Word | Esquinas Dobladas

Hace unos días me puse a editar Esa nube tiene forma de oveja, mi novela sobre la Guerra Fría, para dejarla presentable ¡y resulta que me di cuenta de que me hacía falta un glosario!

Allá por mayo del año pasado te hablé ya de la ingente cantidad de notas al pie de página que tenía en mi manuscrito (que, por supuesto, ha crecido desde entonces). De hecho, tenía dos categorías de notas: las que eran simplemente la traducción de términos extranjeros, principalmente, del alemán (notas al pie), y las que eran anotaciones culturales o históricas, sobre personajes que existieron realmente o cosas por el estilo (notas al final del documento).

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I Encuentro de Escritores, Lectores, Editoriales, Blogueros y Booktubers

I Encuentro de Escritores, Lectores, Editoriales, Blogueros y Booktubers

EL SÁBADO PASADO me animé a acercarme al I Encuentro de Escritores, Lectores, Editoriales, Blogueros y Booktubers que organizaba la Asociación El Club de las lectoras y lectores en Badajoz. He de decir que no sabía muy bien a qué iba, porque no suelo poder participar en este tipo de eventos, ¡y me llevé una grata sorpresa!

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Los brownies de «El tercer durmiente»

LO QUE VOY A CONTAROS no es ningún secreto: adoro a Maggie Stiefvater.

A la mayoría de la gente, el nombre le sonará de la saga Los lobos de Mercy Falls. A decir verdad, yo misma entré en contacto con Maggie a través del primer libro de la saga, Temblor, siendo adolescente. Sin embargo, no me llamó especialmente la atención y no volví a leer nada suyo hasta muchos años después, cuando la autora hizo una presentación en Madrid del primer libro de su nueva saga The Raven Boys. Fui sin tener ni idea acerca del libro y sin saber tampoco gran cosa de Maggie. Me hacía ilusión conseguir un libro firmado por una autora extranjera, pero no me esperaba mucho más.

Pues bien, me equivocaba: la presentación me encantó, Maggie me pareció fascinante y divertida y me lo pasé genial… hasta que me llegó el turno para que me firmase el libro. Y el problema no fue ella, sino yo, que me quedé totalmente muda. ¿Qué iba a decirle? No sabía realmente de qué iba la nueva novela y no había leído ninguna de las anteriores salvo Temblor, del que casi no recordaba nada. Así que me puse muy roja, sonreí sin decir nada y suspiré de alivio cuando me hubo firmado el libro y pude alejarme de allí.

Me arrepiento profundamente.

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Cómo superar la crisis de mitad de novela

Cómo superar la crisis de mita de novela

CUANDO EMPIEZO A TRABAJAR en una nueva novela, normalmente no tengo todas las piezas. De hecho, al principio suelo tener solo una pequeñísima parte de la historia, o un personaje, o simplemente una ambientación. No conozco a nadie que haya tenido una idea («oye, pues estaría guay tener un personaje que quiere ser piloto de aviones pero le dan miedo las alturas») y, al segundo siguiente, tenga toda una novela de 845 páginas planificada y estructurada perfectamente, con siete subtramas y un estupendo trasfondo de superación (¡y hasta varias capas de simbolismo!). En una buena novela te encuentras todas esas cosas, pero lo normal es que el escritor tenga que currárselo un poco y tirar del hilo para que un elemento lleve al otro y, al final, todo cuadre.

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Documentación extrema (9) | De escuelas nómadas

Documentación extrema (9) | De escuelas nómadas

HACE YA MÁS DE UN AÑO que empecé a contarte con pelos y señales lo friki que soy a la hora de documentarme ¡y hoy vengo con la novena entrega de esta serie! Desde entonces he aprendido muchas cosas (prácticamente inútiles, la mayoría, como que no había lecheros en Berlín en 1961), ¡y espero que tú también hayas aprendido un poquito conmigo (aunque solo sea por quedar bien en el Trivial)!

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Cómo aprendí a escribir niños

Cómo aprendí a escribir niños

NUNCA HE ESCRITO para niños y, de hecho, me parece una de las cosas más difíciles que puede intentar un escritor: creo que me volvería loca intentando adaptar la trama, el vocabulario y, en realidad, toda la historia para un público al que, desgraciadamente, no termino de comprender. El tipo de historias que me gusta leer y escribir no son precisamente infantiles (qué le vamos a hacer, me encantan los dramas y las tragedias y los argumentos complicados y tristes), así que de momento no es algo que me vea intentando. Eso sí, admiro profundamente a los escritores de libros infantiles. Muy, muy profundamente.

Pero lo que sí que he hecho (o más bien me he forzado a hacer) ha sido escribir (crear) personajes que son niños. Es algo que estuve evitando durante mucho tiempo: ya en mi primera patata (esa que escribí con doce años y que por alguna razón sigo mencionando de vez en cuando) me dije que no me interesaba escribir sobre personajes de mi edad y planté a mi protagonista en la universidad (y en Nueva York), sin tener obviamente ni idea ni de cómo manejar  ni una cosa ni la otra. Un consejo bastante extendido en el mundo de la escritura es que escribas sobre lo que sabes, pero a mí me parecía más seguro meterme en camisas de once varas que escribir sobre niños. Y, desde entonces, esa aparente fobia que tengo se ha ido incrementando.

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La tarta de frutas con crema de «El cuento número trece»

¡Hola a todos!

He estado pensando mucho qué postre traer este mes. Como es el mes de San Valentín, me sentía medio obligada a traeros algo romántico y lleno de corazones. Pero confieso que no es mi estilo. Así que no sabía qué hacer.

Al final, harta de darle vueltas sin llegar a ninguna conclusión, me sumergí en la lectura de uno de esos libros que he leído y releído mil veces, pero de los que no me canso nunca porque son como viejos amigos: El cuento número trece, de Diane Setterfield. Y fue así, por casualidad, como encontré el postre perfecto para este mes.

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