Cuando tu novela te pide un conflicto

Muchas veces utilizo las historias que leo y/o escribo para lidiar con mis problemas. De hecho, cuando estoy muy estresada y la ansiedad me puede, suelo ponerme una peli de llorar, porque me tranquiliza pensar que esos personajes que han vivido tal o cual tragedia lo han pasado bastante peor que yo con mis preocupaciones nimias (que suelen ser problemas típicos de primer mundo, además). Es un mal de muchos, consuelo de tontos pobremente disimulado, pero a mí me sirve para relajarme y ver las cosas con perspectiva.

Las rosquillas de Santa Clara de «Merlín e Familia»

Mientras leía no pude evitar fijarme en que casi todos los invitados comían algo en casa de Merlín. Deformación profesional, supongo. Y esto me recordó que en mi casa tenemos, desde tiempos inmemoriales, un libro muy gordo de cocina gallega con prólogo de Cunqueiro, precisamente, que me encantaba hojear de pequeña. En fin, que las señales del universo estaban claras: el próximo postre literario tenía que ser de Cunqueiro.

Cómo evoluciona nuestra forma de escribir: cultivando patatas

Una curiosidad: en Potsdam (Alemania), la gente deja patatas en la tumba del kaiser Federico II de Prusia, el Grande. Dicen que mandó custodiar con tanto celo una plantación de patata que la gente empezó a pensar que las patatas eran algo valioso (frente a la concepción popular de que eran comida del diablo) y que a partir de esto se generalizó su consumo entre las personas.