La Filosofía Cluster en la escritura (¡y fotos de mi presentación en Badajoz!)

(Las fotos están al final, pero antes voy a soltarte un rollo sobre racimos de uvas y clases de portugués)

La Filosofía Cluster en la escritura

EL OTRO DÍA leí este completísimo artículo que Gabriella Campbell publicó en su blog sobre formas de obtener inspiración y, aunque reúne otras 33 técnicas geniales para tener ideas, lo cierto es que a mí la que mejor me funciona es la número uno: lo que Gabriella y James Altucher llaman sexo de ideas y que yo (quizás porque estuve trabajando en una asociación de estas características) llamo Filosofía Cluster.

Qué es la Filosofía Cluster

Si has leído ya la entrada de Gabriella (si no lo has hecho no sé qué haces aquí todavía, la verdad), sabrás que me estoy refiriendo a ese método de combinar dos ideas o conceptos que, a priori, no tienen nada que ver entre sí para, de ahí, sacar algo completamente nuevo.

La palabra cluster significa grupo (o racimo de uvas) y, en un contexto empresarial (que es de donde yo saqué el término), la teoría (y la práctica también, que esto está más que comprobado) dice que de la colaboración estratégica de varias empresas o entes que se dediquen a actividades diferentes pero dentro de un mismo sector industrial surgen sinergias, es decir, que el resultado conjunto que se obtiene (los beneficios de esta unión) es mayor que la suma de las partes (lo que podrían conseguir cada una de las empresas por separado).

Esto, que yo llevaba años aplicando a mi vida en general y a la escritura en particular, sin haberme parado a pensar en ello, de tan obvio que me parece, resulta que no es tan evidente para el resto del mundo como yo pensaba.

Por ejemplo, el viernes pasado, en clase de portugués, el profesor nos pidió a un compañero y a mí que comparáramos dos fotografías. En una de ellas, aparecían dos operarios de lo que parecía un taller de carpintería y, en la otra, un señor encorvado sobre un trozo de madera muy, muy repujado, y con herramientas como para seguir tallando.

Al principio, tanto mi compañero como yo tiramos por lo básico: que si una foto mostraba una producción más artesanal que otra, que si la diferencia principal estaría en la calidad del producto final y, por consiguiente, en el precio de este, etc. Pero el profesor seguía insistiendo en que habláramos más y mi compañero aprovechó para meter los condicionales: «Si yo tuviese que contratar a una de estas empresas iría a la artesanal, porque el producto siempre será mejor y bla bla bla». Y, claro, yo, por llevar la contraria, dije que todo dependía, porque si yo quisiese cambiar todas las puertas de mi casa preferiría el producto que ofrece la primera empresa, que es más estandarizado.

Y mi compañero y yo nos miramos como diciendo que qué bien nos estaba saliendo el ejercicio y miramos al profesor, satisfechos, esperando que nos dijera con una inclinación de cabeza que qué buenos alumnos éramos y que íbamos a sacar un diez en el examen. Pero (plot twist) el profesor nos sonrió y nos pidió que continuáramos y nosotros entramos en pánico porque, la verdad, las fotos tampoco tenían mucho más de lo que hablar y ¿no habíamos ocupado ya los tres minutos que se suponía que teníamos que rellenar hablando?

Y, entonces, tuve una revelación. La Filosofía Cluster me inundó y se me ocurrió la idea definitiva para relacionar las dos fotografías. «Si yo fuese la dueña de la empresa de la fotografía A», dije, «tendría un acuerdo con la empresa de la segunda fotografía. Si me viniera algún cliente solicitando un producto artesanal, que en principio yo no fabrico, trabajaría con esa empresa para ofrecerlo». «¿Y el artesano estaría de acuerdo?», preguntó mi compañero. «¿Qué comisión te llevarías tú?» Que en qué me beneficiaba yo de ayudar a otra empresa, vamos. «¿No sería mejor contratar a un artesano para tu propia empresa?» Pero yo le respondí que no. Porque mi empresa no podría permitirse tener a ese trabajador en nómina, que solo es requerido de forma esporádica, y él tiene su propia empresa que no tiene nada que ver con la mía. No se trata de regalarle un cliente, porque en realidad no somos competidores (ni siquiera ofrecemos el mismo producto), sino que fabricamos productos complementarios. ¿No podría hacer yo la base del mueble y él, las puertas repujadas? ¿No podría yo proporcionarle al artesano mi servicio de transporte? ¿No vendría él a mí cuando necesitara de mis servicios? Nunca le diríamos que no al cliente y los dos saldríamos ganando.

Mi compañero no salió muy convencido, aunque el profesor sí que se quedó satisfecho con mi idea. Pero, no nos engañemos, la Filosofía Cluster es lo que hace que los centros comerciales funcionen. El cliente va a un solo lugar donde están todas las tiendas de ropa que quiere visitar; los comercios se benefician del poder de atracción del de al lado.

¿Cómo se aplica la Filosofía Cluster a la escritura?

Pues, para empezar, es lo que hay detrás de las Ferias del Libro. Al igual que los centros comerciales, el hecho de que el lector vaya a la firma de Fulanito te beneficia a ti, escritor desconocido, porque tu libro le llama la atención en la mesa de la librería de al lado. Tu libro por sí solo no hace que el lector salga de casa, pero sí lo consigue la promesa de muchos libros.

También puedes beneficiarte del contacto con otros autores que, sí, no dejan de ser tus competidores, pero también son lectores y pueden recomendar tus libros: y un evento con dos escritores atrae a más público que una presentación de uno solo.

Y, por supuesto, la Filosofía Cluster es la base del sexo de ideas. No te quedes en lo básico (producción industrial vs. artesanal): dale la vuelta a la idea y únela con piezas de otro puzle. Haz que las dos empresas colaboren.

Un último ejemplo: ¿recuerdas que hace un par de semanas te hablaba de que no consigo encauzar el principio de una novela? Esa historia surgió de dos ideas completamente diferentes:

  • Por un lado, quería ambientar una novela en un circo. Lo había hecho antes, con una patata que se me había pochado: reciclé al personaje que llegaba nuevo al circo.
  • Por otro lado, llevaba tiempo queriendo que mi protagonista fuera sordo. No estoy segura, pero creo que la idea surgió cuando estaba leyendo los Episodios Nacionales: había un personaje que se había quedado sordo por una bomba o algo así y me llamó la atención.

¿Y por qué no mezclarlas las dos? Una historia de circo con un protagonista sordo es mucho más interesante (aunque todavía no tenga principio). ¡Aquí está! La Filosofía Cluster en acción.

Si todavía estás preguntándote cómo puede servirte a ti, te diría que es especialmente útil cuando te ataca la crisis de mitad de novela, cuando le faltan piezas a tu escaleta (o a tu conflicto) o, simplemente, cuando tienes diez ideas inconexas desparramadas por una libreta cualquiera y no sabes a cuál atender: prueba a unirlas ¡y a ver qué sale!


El viernes fui a clase de portugués ¡y el sábado, a la Feria del Libro de Badajoz! Presenté Cuando la luna brille y me lo pasé como los indios. ¡Tengo fotos para demostrarlo!


Si te hallas deslumbrado por mi belleza ¡es el momento de ir a Facebook a darle me gusta a mi página! También puedes compartir esta entrada por allí ¡o dejarme un comentario contándome lo mucho que te gustan a ti las uvas! ¡Hasta la semana que viene!

Elena

Elena

Escritora de novela histórica, porque soy una friki de la documentación. Leo de todo, colecciono marcapáginas y postales y me encantan las tragedias bien gordas. En mis ratos libres aprendo alemán y veo vídeos de ballet. También toco el piano y hago experimentos culinarios que no siempre se pueden comer. ¡Y he publicado una novela sobre vikingos!
Elena

¡Compártelo!

Share on FacebookTweet about this on TwitterShare on Google+Share on LinkedInPin on PinterestEmail this to someoneShare on Tumblr

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *